Fin

Y escribió todas aquellas disculpas como si les hubiese dañado directamente a pesar de que muchos ni notarían su ausencia. Tampoco le importaba, para el su vida ya había llegado a su fin y nada podría evitar este triste desenlace que el destino le ha asignado. No espera nada bueno, y la felicidad de terminar con todo le permitirá acabar esto en paz. Supongo que eso es lo que importa.

Se sentó lentamente en esa silla que compró junto a ella en una calurosa tarde de Agosto después de varias horas caminando todas las plantas de ese interminable Ikea. A pesar de que en su momento sintió que se le estaba aplicando una lenta y cruel tortura, ahora el recuerdo es de algo dulce y acogedor. Algo que desearía repetir con el simple acto de chasquear los dedos o darle a repetir en alguna especie de “mando de la vida”.

Es curioso como los recuerdos por muy malos que sean; pueden, en un futuro, hacerte esbozar una sonrisa a pesar de toda la desgracia e infelicidad que te rodea. No hacía otra cosa que pensar eso mientras se sentía nostálgico por última vez, desde el momento que apretase ese gatillo, todos aquellos recuerdos y sonrisas a su lado cobrarían una líquida consistencia con un rojizo color el cual bañaría las paredes y suelo de la vacía habitación donde se despertaba cada mañana a su lado.

Muchos le habían dicho que había solución, que todo esto saldría adelante y que manteniéndose fuerte lograría asimilar la serie de desdichas que le han sucedido, y volvería a encontrar la felicidad. Pero todas aquellas palabras eran inservibles para el, dado que su mera existencia se había vuelto en una tortura. ¿Cómo podían esperar que no hiciese nada y dejase todo en manos del destino, el cual ya le había traicionado mas de una vez? El paso de los minutos era algo insufrible, e inimaginable el hecho de seguir viviendo unos años más solo por tener la fé de que algo bueno le ocurra.

Nadie llorará su perdida, y las molestias que pueda causar, espera repararlas con su carta de disculpa. El mundo ya no le necesita y el al mundo menos aún.

Levanta la pistola mientras su mano tiembla compulsivamente. Pone el cañón en su sien y piensa para si mismo lo cerca que está de acabar con todo. Tetricamente sonríe mientras cuenta hasta diez y acumula toda la fuerza en el dedo que debe detonar el fin de su vida. A pesar de que tuvo que detener la cuenta varias veces, esta ultima mientras más se acerca al fin, más feliz se siente de por fin acabar con todo.

Un estruendo seguido de un completo silencio terminan esta trágica historia de alguien anónimo al que dedicarán cinco minutos en el telediario local. Es el fin.

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