Que ni el cáncer me supera

Tengo cáncer. Esa es la terrible noticia con la que acabó mi poco afortunada visita al médico. Lo cierto es que todavía cuesta asimilarlo, y cuando lo repito suena como una estúpida broma de la que me reiré y nada más. Pero desgraciadamente las cosas no son así, la vida no funciona de la manera que desease y aun habiendo destruido todo aquello que amaba una vez, vuelve a hacerlo para recordarme que no puedo quedarme tranquilo.

Los días pasan y mi estado empeora. Los médicos me regalan vacíos consejos que apenas me afectan, ya nada de lo que digan podrá ayudar a que vea el mundo de otra manera. Supongo que después de saber la fecha en la que vas a morir, empiezas a ver todo más inminente y decepcionante, en lugar de ver solo posibilidades y desear vivir al máximo.

Lo cierto es que hace mucho que no sonrío, que no siento paz y que no noto mi corazón estremecerse. Siento que el cáncer mata mis sentimientos mientras vomito mis esperanzas. Que cada pelo que se cae es una parte de mi alma que se fragmenta y me recuerda que tener fe es para aquellos que aún tienen vida. Yo me he vuelto alguien deteriorado, alguien a quien su propia arrogancia le costó un castigo. Creía que lo era todo y que el mundo estaba bajo mis pies. Que nadie se me acercaba y todo aquello que tocaba se volvía incalculable. La vida me sonreía y yo me limitaba a reírme de ella mientras me alejaba de quien solía ser. Mi ego me engulló y la arrogancia pasó a ser mi forma natural de ser. No quería formar parte de este mundo, me sentía superior y creía que nada me impediría seguir creyendo eso. Fui tan estúpido…

Ahora solo deseo que entre mis llantos se escape la culpa para poder morir en paz. No quiero volver a amar, ni a reír, ni siquiera volver a sentirme vivo. Solo quiero poder morir sabiendo que dejé de culparme de lo que una vez fui. Espero que eso no sea demasiado pedir, que todo lo que sufro me permita llegar a ese objetivo.

Es quizás ahora cuando más me vienen a la mente esas palabras que siempre quise escribir:

Hay veces que me siento y recuerdo lo feliz que fui, lo mucho que amé y las incontables sonrisas que le regalé. Son en esos momentos en los que tengo la sensación de que ya no volveré a sentirme de esa manera, que esa etapa fue todo aquello que pude ser y que a partir de ahora solo sentiré pequeñas y cutres dosis de aquellos sentimientos que una vez tuve. Son en esos momentos en los que siento miedo, en los que temo no volver a poder reír como lo hacía, pero sobretodo, no poder volver a amar como la amé a ella.

Pero como siempre la vida tiene otro modo de hacer las cosas, y cuando ya creía que nada más me esperaba entraste tu para alegrarlo todo. Cada día que me sonreías empezaba a disfrutar más mi vida y sentía que podía volver a reír como antes. Con tu cariño pude volver a desear vivir y pelear por estar más tiempo a tu lado. Me dejaste amarte a pesar de haber sido el monstruo que fui. Me dejaste redimirme y expiar las culpas que desgarraban mi corazón. Me demostraste que todo aquello que creía era falso, que sí podía volver a sentir aquello que una vez sentí, o incluso más. Nada de lo que pudiese escribir describiría cuánto me hiciste sentir, lo feliz que fui o lo mucho que llegué a amarte, y que aún te amo. Pero todo esto acaba y mi vida llega a su fin. El cáncer no me iba a dejar escapar y por mucho que al final desee estar vivo, el destino ya firmó mi sentencia antes de poder amarte.

Pero no te preocupes, no te escribo esto llorando, ni enfadado o frustrado. Esta sonrisa que tengo dibujada demuestra que los meses a tu lado fueron todo lo que pude pedir y más, que fueron aquello que merecía. Es por eso que me voy sin dolor alguno mi amor, porque ha sido gracias a tu sonrisa que he podido disfrutar de mis últimos latidos. Gracias a tu cariño podré irme sonriendo y sin remordimiento alguno. Me hiciste sentir especial y amado, alguien fuerte que ni el cáncer supera. Lograste que creyese cuando no sabía ni que podía tener fe, fuiste mi religión y mi mesías. Lo único que lamento es no poder decirte por última vez cuánto te amo, pero dejaré que esta carta lo haga por mi.

Y por último; se que mi vida no fue perfecta, y que mi muerte no será digna de una película. No dejaré una moraleja que poder contarle a nuestros hijos ni una hazaña de la que puedan sentirse orgullosos. Y este cutre diario no será algo que puedas publicar para ganar dinero y vivir como os merecéis. Pero si de algo sirve, diles que en mis últimos días de vida, este despreciable ser que una vez fue todo lo malo del mundo, pudo amar y morir en paz.

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